domingo, 1 de junio de 2008

Cuento onirico


Edward Cullen

¿Por qué es tan difícil resistirse?
Es frio y duro como el mármol, su sed nunca acaba, su lucha es eterna.
Nunca duerme, me mira, me observa. Toda su existencia esta sujeta a mi, su pelo color ámbar, sus labios morados, sus ojos cambiantes.
¿Por qué es tan difícil resistirse?
Su aliento dulce inunda mi imaginación. Cierro los ojos y dolorosamente lo toco, lo siento busco su mirada, Me mira triste lejano, algo nos separa…
¡NO PUEDO MÁS!
La angustia inunda mi ser y solo puedo gritar - ¿Qué me hiciste?
Con una sonrisa socarrona se acerca, me abraza y recorre con sus labios desde mi frente hasta mi cuello, sin dejar un hueco sin besar. Sus labios rozan los míos y por un instante su cabeza reposa sobre mi pecho. Yo no reacciono, soy como una muñeca de trapo.
De golpe siento un ardor, crece desde mi cuello hacia mi corazón. Edward me acaba de morder. Su veneno recorre mi cuerpo, en cuestión de minutos mi corazón dejará de latir.
La presión en mi pecho, es demasiado fuerte. Me ahogo
¡TENGO QUE ALEJARME!
Con un golpe sordo cierro el libro, respiro hondo. En la habitación solo la luz de un velador rompe con la oscuridad de la noche. Edward Cullen solo existe en las páginas de Crepúsculo.
Parte de mi ser desea que él me arranque de esta vida y que libere todo lo que está oculto en mi, todo lo que solo la ponzoña del vampiro puede revelar.

Crónica

Acá todo es importado
Massimo Montanari comienza su libro “El mundo de la cocina” con estas palabras:
La cocina ha sido comparada con el lenguaje: como éste, posee vocablos (los productos, los ingredientes) que se organizan según reglas gramaticales (las recetas, que dan sentido a los ingredientes transformándolos en platos), sintácticas (los menues, o sea, el orden de los platos) y retóricas (los comportamientos sociales)[…]la cocina implica y expresa la cultura de quien la practica, es depositaria de las tradiciones y de la identidad de un grupo. […]no solo es instrumento de identidad cultural, sino el principal camino tal vez para entrar en contacto con culturas diferente, ya que comer el alimento de otros parece más fácil –aunque sea en apariencia- que decodificar su lengua.

Es viernes por la mañana, desde que soy chica eso es sinónimo de que en Ezpeleta hay feria. Ésta ocupa la calle Centenario desde las vías hasta la Av. Fcio. Varela, la frontera que divide Quilmes de Berazategui. En los últimos 10 años la feria fue creciendo y extendiéndose, y sus 5 cuadras finales se convirtieron en un paseo de compras casi obligado para los pobladores de la ciudad.
Entre los muchos puestos de ropa se intercalan sabanas extendidas en el piso cubiertas de bolsitas con hierbas y especias. Son infaltables los platitos de plástico con limones, ajos o morrones y a veces algún atado de cilantro, dominando este espacio se encuentra normalmente una mujer de origen boliviano. Si uno mira con atención nota que las caras son todas muy parecidas, pieles morenas, curtidas por el sol, las mujeres de cabello largo y renegrido.Las jóvenes lo usan suelto y las mayores en una trenza, hay pocos hombres, parece que todo lo manejan ellas. En la vereda ancha se forma otra calle y al recorrerla me inunda una mezcla de olores que remiten a sabores raros, en forma individual y tras un exahustivo intento puedo definir algunos de los ingredientes, sigo caminando y el crepitar del aceite me indica que están cocinando. El la vereda se había improvisado una mesa bajo un gazebo, es un tablón con dos caballetes y dos bancos para sentarse. En la punta se encuentra Emiliana, es una mujer baja de contextura corpulenta y se ríe a carcajadas dejando ver un diente enfundado en oro, se ríe porque le pregunto que es eso que esta cocinando, es evidente que es carne pero no reconocia el resto
- Es fritanga, sabe usted.
- ¿Y cómo se hace?
-Pone carne de chancho en trozos y la deja hasta que largue la manteca y después le saca y pone verduras en la manteca y las deja cocer. Se sirve con papas blancas y mote de maiz blanco.
Mientras me explica la receta observo sus manos como recrean el procedimiento y noto como estas se encuentran salpicadas de pequeños trozos de cilantro.
Al lado se encuentra su hija, una chica joven de unos 20 años, aunque no es difícil decirlo ya que su cara ya se encuentra surcada por las idas y venidas del trabajo. Frente a ella hay una parrilla improvisada en medio barril de aceite, sobre la rejilla hay un montón de “pinchos”, son brochetas de trozos de carne de corazón de vaca, los cuales están macerados en una mezcla de vino y ají molido, pero del picante, como me aclara Emiliana. Éstos se sirven en un plato con papas hervidas y para acompañar un pan.
-¿Qué se toma con esta comida?
- Acá tenemos chicha, chicha morada, chicha de maní y compota de durazno.
Me muestra una heladera, de esas de plástico para llevar a la playa, que en su interior tiene compartimientos con una serie de líquidos, para mí bastante extraños. Los sirven en porrones de plástico con la ayuda de un cucharón.
Ya van dando las 11 y media y noto como la gente se va acercando a este restaurante improvisado. De otra heladera, tapada con un mantel a cuadros la hija de Emiliana saca una empanada de pollo.
A medida de que la gente se va acercando a la mesa se sientan frente a su plato de comida. El único cubierto que se utiliza es la cuchara. Los platos son de lata o melamina y el proceso de servirlos es siempre el mismo: en la base se pone el mote de maíz blanco, o sea maíz blanco sobre cocido, hasta el punto de que los granos están totalmente desechos; luego vienen las papas hervida y sobre ésto lo que pidió en comensal, hoy tiene para elegir entre “fritanga” y “pinchos”.
Observo como la mesa se llena y se vacía como cualquier mesa de Mc.Donalds, esto es el fast food del altiplano. La gente se va corriendo para dar lugar a los que van llegando con su plato en mano. Emiliana es feliz haciendo esto, hace la comida que le gusta a su pueblo, aunque esté en una ciudad del Gran Buenos Aires. Es una mujer muy alegre, no para de sonreír y a veces las carcajadas arrancas risas de los puestos circundantes. Todos los viernes la gente ya sabe donde encontrarla y los sábados esta en la “tinkunaku”, que es otra feria que se realiza en un predio cerrado a unas cuadras de ahí.
- ¿De dónde vino usted?
- Soy de Cochabamba, pero me vine cuando mi marido consiguió trabajo aquí, Mis hijos son argentinos, nacieron todos aquí. En nuestra familia todos trabajamos, Elizabeth me ayuda a mí y los muchachos trabajan en la construcción con el papá
-¿vino hace mucho?
-Hace ya… a ver (cuenta con los dedos y murmulla sin que la pueda escuchar) 30 años
Me despido y puedo ver como sigue sacando porciones de “fritanga” de la olla.
¿Qué había dicho Matías Bruera en la entrevista?, pensaba mientras volvía a casa.
-“Lo más difícil de dilucidar de la Argentina, y esto te lo digo porque hay una larga tradición ensayística, es justamente el tema de la identidad. Es un tema no cerrado el tema de la identidad Argentina. Más allá de que la Argentina se identifique con algo, el tema de la identidad es mucho más complejo que la identificación con el asado, con Maradona y con el tango.”
Este tipo de comportamientos son identitarios, pero no de la argentina sino de Bolivia, Perú, el altiplano Qué nos llevamos a otro país como argentinos, como algo que nos identifica, ¿el Mate? ¿El Asado?.
Acá todo es importado.
Mientras seguía releyendo la entrevista a Bruera encontré este pasaje
“Hay trabajos hechos sobre la Argentina en particular, un libro que salió hace unos años de Montanari donde una francesa escribe sobre la identidad de la comida en América Latina y sobre la Argentina dice en general que salvo ciertas regiones del Noroeste no hay mucha cosa identitaria, la mayoría de las cosas han sido devenidas del mundo europeo, o sea, la parilla, la propia carne vacuna, etc. En general hay una especie de tradición de influencia de otras latitudes, la Argentina es una especie de cumulo de identidades, entonces es difícil hablar identitariamente de la Argentina, también a nivel gastronómico.”

Hace ya unos cuantos días, qué digo días, semanas, que quiero contactar al Lic. Marcelo Alvares, del INAPL (Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano) él esta investigando el Programa Patrimonio Cultural Alimentario y Gastronómico Argentino, pero es imposible, ya mandé mails, llamé por teléfono y no contestan. Y después de leer “la Argentina Fermentada” y haber entrevistado a Matías Bruera me urgió la necesidad de seguir intentando. Pero nada. Ni siquiera pude concretar una entrevista con alguien de ElGourmet.com, para poder trabajar el mundo gourmet en la Argentina.

¿Por qué no podemos tener una identidad alimentaria?
Según el libro de Montanari en el capitulo que corresponde a “la cocina de América y el intercambio colombino” a la zona que hoy llamamos el Rio de la Plata llegaron expediciones con tropas militares que se encargaron de eliminar a los pocos indígenas de la región haciendo prevalecer su cultura como sus comidas frente a lo originario. Entonces se introdujo el ganado bovino y con esto vino el asado, y las empanadas que los españoles a su vez heredaron de los moros.

Pero hay pueblos que no pierden su identidad, ni siquiera lejos de su tierra.

Es sábado por la mañana y tengo que hacer las compras. En la calle Chile, la principal de Ezpeleta, hay dos negocios casi idénticos uno frente al otro. Yo normalmente compro en el que se llama “Especias”. Hace años que compro ahí, orégano, ají molido, nueces, salsa de soja, etc. Es un negocio de bolivianos, hoy lo veo desde otra perspectiva ¿qué más venden? Recorro las estanterías con la mirada. Cerveza Inca, te de coca, chicha en botellas marrones (como la cerveza), queso de cabra, bolsas con maíz morado, negro, blanco y amarillo; ajíes secos de varios colores y tamaños, raíces de jengibre, fideos azucarados e inflados, tutuca, mucha tutuca. Tienen quinua, amaranto, maní, trigo y porotos de todo tipo, color y tamaño.
Intentan no perder su identidad, viven acá en la Argentina pero mantienen toda su cultura, si hasta hablan en quechua entre ellos
El día anterior, mientras charlaba con Emiliana, ella se dirigía a su hija y a algunos de los comensales mitad en castellano y mitad en una lengua, para mí desconocida. Al parecer el quechua no tiene ciertas palabras, y es ahí cuando se mezclan palabras del castellano.
¿Cuál es el vinculo con la identidad?¿cómo un pueblo puede aferrarse tanto a su identidad?, tal vez para contestar estas preguntas debería seguir investigando . Pero lo que me queda claro es que al tradición culinaria de nuestro país refleja a todos los que la pueblan. Porque todo cuenta y aporta tanto la fritanga boliviana como los ahumados alemanes o las pastas italiana. Hace unos cuantos años leí en una National Geographic “Los mexicanos descienden de los Aztecas, los peruanos de los Incas y los Argentinos de los botes”, tal ves esa sea nuetra identidad, y en términos de gastronomía somos un exponente de la mejor comida del mundo toda en un solo lugar.
Mayo de 2008

Una inspiración

COCINA ORNAMENTAL; en Barthes, Roland, Mitologías, siglo XXI editores, 1999.

La revista Elle (verdadero tesoro mitológico) nos presenta casi todas las semanas una hermosa fotografía en colores de un plato preparado: perdigones dorados mechados con cerezas, chaud-froid de pollo rosado, timbal de langostinos con cinturón de carapachos rojos, Charlotte cremosa adornada con dibujos de frutas confitadas, genovesas multicolores, etcétera.
En esa cocina, la categoría sustancial que domina es lo cubierto: se ingenian visiblemente en gelatinar las superficies, en redondearlas, en esconder el alimento bajo el sedimento liso de las salsas, de las cremas, de los fondants y de las gelatinas. Todo esto tiene que ver sin duda con la finalidad específica de la cobertura, que es de orden visual, y la cocina de Elle es una cocina exclusivamente para la vista, que es un sentido distinguido. En esta perseverancia en la cobertura existe, en efecto, una exigencia de distinción. Elle es una revista refinada, casi legendaria y su papel consiste en presentar al inmenso público popular, que es el suyo (las encuestas dan fe de ello), el sueño mismo de lo distinguido; de allí surge esta cocina del revestimiento y de la coartada, que siempre se esfuerza por atenuar o incluso disfrazar la naturaleza primera de los alimentos, la brutalidad de las carnes o lo abrupto de los crustáceos. El plato regional es admitido sólo a título excepcional (el buen puchero de familia), como fantasía rural de ciudadanos hastiados.
Pero sobre todo, la cobertura prepara y sostiene uno de los mayores logros de la cocina distinguida: la ornamentación. Los glacis de Elle sirven de soporte para adornos desenfrenados: hongos cincelados, puntuación de cerezas, motivos con limón trabajado, mondaduras de trufas, pastillas de plata, arabescos de frutas confitadas, la capa subyacente (que llamaría sedimento, pues el alimento propiamente dicho no es más que un yacimiento incierto) pretende ser la página donde se lea una verdadera cocina en rocalla (el rosa pardo es el color de predilección).
La ornamentación procede por dos vías contradictorias, cuya resolución dialéctica veremos en seguida: por una parte, huir de la naturaleza gracias a una suerte de barroco delirante (mechar camarones dentro de un limón, darle color rosa a un pollo, servir pomelos calientes) y por la otra, intentar reconstituir esa naturaleza por medio de un artificio burdo (disponer hongos merengados y hojas de acebo sobre un bizcocho de navidad con aspecto de leño, volver a colocar cabezas de langostinos en torno a la salsa blanca sofisticada que oculta sus cuerpos). Es el mismo movimiento, por otra parte, que se reencuentra en la elaboración de las baratijas pequeñoburguesas (ceniceros como sillas de montar, encendedores con forma de cigarrillos, tarteras como cuerpos de liebres).
En este caso, como en todo arte pequeñoburgués, la irreprimible tendencia al verismo aparece contrariada —o equilibrada— por uno de los imperativos constantes del periodismo doméstico: eso que en L'Express se llama gloriosamente tener ideas. De la misma manera, la cocina de Elle es una cocina de "ideas". Sólo que, en este caso, la invención, confinada a una realidad mágica, debe aplicarse únicamente en la guarnición, pues la vocación "distinguida" de la revista le prohíbe abordar los problemas reales de la alimentación (el problema real no está en encontrar el modo de mechar con cerezas un perdigón, sino en conseguir el perdigón, es decir, pagarlo).
Esta cocina ornamental está sostenida, efectivamente, por una economía totalmente mítica. Se trata abiertamente de una cocina de ensueño, como lo muestran las fotografías de Elle, que sólo captan en sobrevuelo, como un objeto próximo e inaccesible a la vez, cuyo consumo bien podría realizarse sólo con la mirada. Se trata de una cocina de cartel, en el sentido fuerte de la palabra, totalmente mágica, sobre todo si se tiene en cuenta que esa revista se lee mucho en medios de precarios ingresos. Esto último, por otra parte, explica lo anterior: justamente, porque Elle se dirige a un público auténticamente popular, evita postular una cocina económica. L'Express, cuyo público exclusivamente burgués posee un alto poder de compra, es todo lo contrario: su cocina es real, no mágica; Elle ofrece la receta de los perdigones-fantasía, L'Express la de la ensalada niçoise. El público de Elle sólo tiene derecho a la fábula; al del L'Express, se le puede proponer platos reales con la certeza de que podrá prepararlos.

Crónica de walsh

Rodolfo Walsh, ¿Quién era? Yo no lo conocí hasta llegar a la Universidad.
El 5 de mayo de 2008, alrededor de las 18:30 se inauguró al muestra itinerante “Walsh, la sublevación de la palabra”, que ocuparía el ágora de la UNQ por 10 días. Laberinto de paneles que recorren la vida y la obra del periodista. Estoy preparando un noticiero, para Audiovisual 1, de lo sucedido en las últimas 3 semanas en la Universidad y esto entra. Con mi cámara de video comienzo a recorrer la muestra. Lo primero que me llama la atención es una imagen, una gigantografia del Walsh que todos conocemos, con un cigarrillo en la boca y sus lentes de carey. Empiezo un zoom hacia atrás desde la montura de los lentes para terminar con la imagen completa de su rostro. Esta va a ser la primera imagen del insert, pienso. Desde la Rosa de los vientos están anunciando que va a comenzar la apertura de la muestra, me apuro. Las demás imágenes las puedo hacer después.
En la Rosa de los vientos (casi bajo la escalera) hay una mesa con tres panelistas, a un lado un micrófono y luego otro.
Presentan a una locutora, quien acompañada por un violinista se apresta a leer la introducción de “Operación Masacre”.
Siempre me pregunte ¿por qué “Operación Masacre” era tan importante?
La locutora interrumpe el relato y comienzan a hablar los panelistas primero el Profesor Alfredo Alfonzo, quien agradece a la UNLP por esta muestra y por traerla a nuestra universidad. A su lado se encuentran el vice decano de la facultad de periodismo de la UNLP y en el otro extremo de la mesa está el Profesor Mastrilli. Por turnos y con partes de la introducción de Operación Masacre se van alternando los interlocutores.
De todo lo que dicen de Walsh hay algo que me llega con mucha fuerza, Mastrilli dice –Walsh es un héroe-
Sí, eso es Walsh: un héroe. Pero como los de la literatura, solo que este no volvió, hizo el viaje de ida pero en la vuelta lo mataron, dio su vida por lo que creía y así decidió su destino, por más que hoy no esté, su legado le precede. Tuvo el valor y la decisión de quedarse y luchar, no solo con su revólver sino que con su palabra.
Cuando termina la presentación de la muestra, sigo con las imágenes para el insert. . Enseguida ahí, bajando la rampa de la Rosa de los vientos hay un panel enorme que representa una versión de Operación Masacre en historieta, editada por la revista Fierro. De ahí hacia las vitrinas, donde hay un objeto que se repite, los lentes de marco de carey. Del otro lado, al pie de una gigantografía de la Carta Abierta a la Junta Militar, dentro de una vitrina hay otro par de lentes, pero estos tienen uno de los cristares astillado. Me quedo un rato en el detalle, es una metáfora.
Hay algo en toda la muestra que parece fuera de lugar; una mesa de ajedrez del club de ajedrez de La Plata. Sobre ella un cenicero y un paquete de LM.
Los paneles están llenos de datos y frases, las fotos son intimas, familiares. Walsh jugando con sus hijas en una playa de Cuba. Y me pregunto ¿y si no hubiese vuelto de Cuba? ¿Estaríamos hoy estudiando sus escritos? ¿Cuántos años tendría hoy? Busco algún dato biográfico entre los paneles: Rodolfo Walsh nace en el año 1927, en Nueva Colonia de Choele-Choel, en Río Negro.
Tendría 81 años, podría estar vivo, pienso y sigo, buscando, no sé, solo tengo que cubrir un minuto de insert y ya llevo más de treinta filmados, tengo material de sobra para hacer un informe. Pero hay algo en la muestra que da la sensación de que nunca voy a terminar de verla toda. Su forma de laberinto me marea, no sé ya que imagen tomé y cual me queda por registrar, donde no hay fotos, hay frases, una que me llega más que otras, solo una parte de ella “tenés un arma: la máquina de escribir. Según cómo la manejás es un abanico o una pistola y podés utilizarla para producir resultados tangibles” y sigue “con cada máquina de escribir y un papel podés mover a la gente en grado incalculable. No tengo la menor duda.”, yo tengo en mis manos otra arma una cámara, miro mi cámara Sony y recuerdo esas imágenes que tomó un equipo liderado por Walsh de la llegada de Perón al país en 1973. ¿Él ya sabría que las imágenes iban a ser armas tan poderosas como su maquina de escribir?, seguro que sí.

domingo, 25 de mayo de 2008

Ok, encontre el problema

A partir de este lunes podrán disfrutar de mi excelente escritura, ya que blogger vuelve a funcionar

martes, 20 de mayo de 2008

Crepusculo


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miércoles, 14 de mayo de 2008

Proceso de escritura

En el caso de mi crónica el proceso de esquematizacion se complico ya que yo me habia propuesto hacer 2 entrevista más, por lo menos, pero para variar en este oficio, se me calleron. Por lo tanto, tuve que encara un esque ma distinto, con un trabajo mas enfocado en el orden antropologico. Hasta ahora esto